El dulce porvenir (The Sweet Hereafter,1997)


 Atom Egoyan es un director con una sensibilidad muy especial. Sus primeras películas versaban sobre sentimientos tan universales como el amor paterno pero eran tratados con una sutileza y una delicadeza sin igual. Tras Exótica, Egoyan nos presentó esta no menos notable película.


¿Como continuar con tu vida tras la pérdida irreparable de un hijo? ¿Cómo  puede sobrevivir una comunidad que ha perdido a todos sus niños? Un desgraciado accidente de autobús en el que perecen todos los niños de un pueblo de Canadá le sirve a Egoyan para mostrar las complicadas relaciones entre los habitantes de la población.



 Al inicio del film vemos al personaje de Ian Holm (El señor de los anillos, Alien) atrapado en un tren de lavado, no es una escena que aparentemente nos diga mucho ni parece aportar nada de interés a la trama posterior. Sin embargo, sirve para hacernos a la idea de cómo se siente el personaje, es un hombre atrapado que no puede avanzar en la vida. Su hija aún vive pero la ha perdido irreparablemente y su  existencia no tiene ya ningún sentido excepto, quizás, evitar que otras personas se sientan tan desamparadas como el.  Por eso se dedica a paliar (aunque sea económicamente) el dolor de las familias que han perdido a sus hijos. Sin embargo, ¿contra quién debe ir dirigida la demanda?. En un acto de pura desesperación, las familias y el abogado se embarcarán en un viaje en busca de los responsables de un desgraciado accidente que quizás no tuviera responsable alguno. Quizás todo se debió a la mala suerte o a un cúmulo de casualidades. La base del caso es francamente débil pero la familias deciden aferrarse a algo por improbable que sea. Desean que su tragedia tenga un responsable, un sentido. La vida no puede golpearte de esa manera sin más.

  Los intereses de los abogados, los relatos de las familias y el dolor se entrecruzan configurando un film único y excepcional, que dice mucho más de lo que parece y deja en la mente del espectador un buen puñado de escenas memorables. Quizás ello se deba a que los personajes están muy bien desarrollados, todos tienen matices y están sujetos a múltiples interpretaciones. Ninguno parece ser de una sola pieza, todos tienen algo que ocultar y ninguno esta exento de culpa.
 Escenas como la de el accidente (realmente aterradora sin llegar a mostrar nada), el diálogo en el avión o la narración del incidente de la picadura de araña están tratadas con una extrema delicadeza. Son de esos momentos en los que uno sabe que el cine se ha creado precisamente para momentos así. Para emocionar y sacar lo mejor de nosotros mismos.
 No es difícil suponer que el autobús siniestrado simbolizaba el futuro del pueblo, en él iban a la escuela todos los niños del pueblo. Tampoco nos cuesta demasiado suponer las motivaciones de la única superviviente a la hora de negarse a colaborar con la demanda. Egoyan no juzga a sus personajes, sólo muestra sus actos sin intentar justificarlos, dejando que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones. 

Una película totalmente recomendable.

7,5

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