
El club de la lucha (Fight club) es una de las películas más perturbadoras de década de los 90. Basado en la novela de Chuck Palahniuk (Choke), el film de Fincher es tan transgresor como fascinante. Un film que hoy no creo que ningún gran estudio quisiera financiar.
El narrador (nunca se dice el nombre del personaje de Edward Norton) lleva una vida aburrida, vive en un apartamento que paga gracias a un anodino trabajo en una aseguradora. Su vida es gris, demasiado gris, y carece de sentido. Lo de tener un trabajo para pagar las deudas y los muebles de los que se encapricha no le satisface. El consumismo le ha acabado produciendo un profundo sentimiento de vacío. Busca algo más que poseer cosas que no llevan a la felicidad. Busca sentirse bien, no sentirse dirigido por un consumismo sin sentido. Busca no ser sólo un número, no sentirse como un cordero dentro de un rebaño. Quizás por eso acude a terapias de grupo para afrontar cánceres que él no padece. Para sentir que hay alguien que es realmente más desdichado que él. Y encima con motivos.
Pero la vida del narrador cambiará cuando conozca a Marla Singer (Helena Bonham Carter), otra paria social que acude a terapias que no necesita. En ella verá a su igual a su alter ego, su amarga media naranja.Pero su vida cambiará aún más cuando conozca a Tyler Durden (un Brad Pitt magnífico en todos los sentidos), un tipo realmente fascinante. Su afición es insertar fotos de penes en las películas infantiles provocando un efecto subliminal en la audiencia. También vende jabones que el mismo elabora con la grasa que roba de las clínicas de liposucciones. Tyler les devuelve a las ricachonas sus enormes culos en forma de pastillas de jabón. Reciclar es el futuro.

Tyler es independiente, no parece sentir afecto por nadie y es más listo (mucho más listo) que la media de personas que viven encerradas dentro de la jaula de oro del capitalismo. Tyler arrastrará a nuestro amigo el narrador hasta un oscuro submundo de peleas y auto destrucción. Para Tyler no tiene sentido buscar el sentido de la vida. Todo es mentira, nada vale realmente la pena. La sociedad crea unos miedos y unas estúpidas normas morales para mantener a los corderos dentro del redil. Pero Tyler no es sólo un loco elocuente, es un terrorista decidido a acabar con la sociedad empezando por su propio cuerpo. La autodestrucción es la respuesta. Tyler quiere imponer su nueva doctrina a base de explosivos caseros.

David Fincher (Zodiac, Seven, El curioso caso de Benjamin Button) imprime un ritmo vertiginoso al film logrando que atrape al espectador desde el principio y no te suelte hasta el final. Fincher usa magistralmente todo tipo de trucos narrativos, sonoros, visuales y hasta digitales para plasmar el universo Palahniuk: flashbacks, saltos temporales, la omnipresente voz en off, fotografía en tonos verdes, un montaje endiablado, etc.
A destacar ciertas escenas como la que ocurre en la oficina del jefe, los discursos, las escenas inicial y final (que no dejan de ser la misma) y un largo etcétera de momentos difícilmente olvidables.
Sólo pasados 2 tercios del film baja algo de ritmo, pero es momentáneo, un paso atrás para coger carrerilla hasta un final sorprendente. Un final que nos hace preguntarnos quienes somos realmente y qué parte de nuestra personalidad es impostada. Todos deseamos ser otra persona o, al menos, mejorar ciertos aspectos de nuestra personalidad ¿o no?. Todos tenemos complejos y aspectos que nos gustaría mejorar. ¿Seríamos mejores personas si superáramos nuestros complejos? ¿No sería más fácil aceptarnos como somos que mostrarnos ante los demás como algo que no somos? ¿Qué pasa si nos inventamos una personalidad que sea tal y como nos gustaría ser a ojos de los demás?
Fincher gastó 50 millones de dólares en una película que es toda una patada entre las piernas del capitalismo y la sociedad de consumo. Aún no entiendo cómo un gran estudio se decidió a financiar una película así en 1999. Lástima que la corriente puritana que asoló a Hollywood (y al mundo entero) tras el 11-S hiciera que otros films transgresores se quedaran en el tintero. Por suerte, Fight club se rodó a tiempo. No olvidemos que en una escena de esta película un edificio se derrumba de forma bastante parecida a la que lo harían las torres gemelas dos años después. Tras el 11-S hubiera sido imposible rodar un film así.
1999 fue el año de Matrix pero yo creo que la propuesta formal y de fondo de Fight club es mucho más interesante. Han pasado los años y sigo pensando que Fight club es un gran film, divertido y subversivo y con un mensaje aún válido.
Usa jabón.



