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sábado, 17 de enero de 2015

La teoría del todo (The theory of everything)


Stephen Hawking es el físico más célebre de nuestro tiempo. Él opina que su fama es inmerecida y se debe únicamente a una exageración de los medios de comunicación ya que sus aportaciones son mucho menos relevantes para la ciencia que las de Newton o Einstein. Tenga razón o no, su figura está instaurada desde hace años en nuestro imaginario colectivo, así lo corroboran sus apariciones en Los Simpson o The big bang theory.

 Tras deslumbrarnos con el fascinante documental Man on wire, el director James Marsh se atreve con la adaptación del libro autobiográfico de Jane Wilde, primera esposa del científico Stephen Hawking. Podemos olvidarnos de grandes disertaciones sobre el tiempo y el espacio. Sí hay algo de ello pero no estamos ante un film de aspiraciones didácticas sino más bien ante el biopic de una pareja. El hecho de que Hawking sea un conocido científico y esté postrado en una silla de ruedas por una terrible enfermedad no hace sino reforzar el sentimiento de ternura que destila la película.
 El film se centra en la fuerza de voluntad y el esfuerzo por vencer a las adversidades más que en los estragos de la enfermedad. La teoría del todo es principalmente una historia de superación. Superación no sólo contra una enfermedad degenerativa incurable (a Hawking le dieron 2 años de vida hace más de 40) sino también contra el reto de encontrar una teoría que explique el origen del universo a la vez que intenta llevar una vida lo más normal posible.


 Por suerte para nosotros, Marsh no se centra únicamente en la enfermedad como tampoco lo hace en las complejas teorías de Hawking, a Marsh le importa más la realidad de una mujer que decide dejar su carrera profesional por cuidar a su marido y su agotador día a día. Al estar basada en el libro escrito por Jane, el film se centra en ella permitiendo al espectador entender su frustración y sus deseos de vivir así como su sentimiento de culpa. Obviamente la degeneración física de Hawking y los continuos cuidados que precisa se llevan parte del metraje pero Marsh nunca busca la lágrima fácil. Un equilibrio realmente complicado que esta película consigue. Marsh no busca héroes ni villanos en esta historia ni culpa a nadie, sólo expone una historia de la forma más neutral posible aunque paradójicamente lo hace con bastante delicadeza. La historia de esta pareja es el eje central del film, una pareja que es azotada en su mejor momento por una enfermedad terrible que postrará a Hawking para siempre en una silla de ruedas y le privará del habla. Pero no sólo Hawking sufrirá su enfermedad, su esposa fue esa gran mujer en la sombra que hay siempre detrás de todo hombre.

  La historia avanza de forma fluida, sin parones ni bajadas de ritmo. Lo que hace que el visionado del film, a pesar de la dureza del drama que narra, se haga de lo más ameno. Me gustó especialmente como el guión contrasta la mente científica de Hawking (socialista, ateo y republicano) con las fuertes creencias católicas y el carácter conservador de Jane. Para Hawking la idea de Dios es incompatible con la ciencia mientras para Jane Dios es el origen de todo. Puede parecer imposible que dos personas tan opuestas pudieran llegar a enamorarse y formar una familia, pero así fue.

 Quizás lo que destaque sobre todo los demás aspectos del film sea la transformación física de Eddie Redmayne (Los miserables), un actor que nunca me había llamado la atención, la verdad, me parecía bastante insulso. Sin embrago, es increíble la capacidad de mimetización que ha logrado este actor con su personaje. Además, con apenas una mirada consigue una enorme empatía con el espectador. Un trabajo sobresaliente que a buen seguro le valdrá una nominación al Oscar y probablemente lo gane. Ya sabemos lo que les gusta a los de Hollywood premiar a actores por interpretar a personajes reales con discapacidades. Pero si Eddie Redmayne sorprende gratamente, no menos sobresaliente está Felicity Jones en el papel de abnegada esposa del famoso científico.
Imagen real de la familia Hawking-Wilde.
 No estamos ante un biopic convencional no sólo por el hecho de que Hawking no sea una persona convencional sino por la delicadeza con la que está tratada su historia.

6'5


miércoles, 29 de enero de 2014

La ladrona de libros (The book thief)


A través de los ojos de la joven huérfana Liesel asistimos a la ascensión del régimen nazi y el inicio de la Segunda Guerra Mundial.

 Las adaptaciones de los best-sellers me suelen resultar bastante decepcionantes. Nunca es fácil adaptar fielmente un libro y mucho menos cuando se pretende agradar al mayor número posible de espectadores. En esta adaptación de La ladrona de libros de Markus Zusak, opino que se ha conseguido llegar a un público mayoritario a cambio de presentar un producto sin demasiada personalidad.

 Esta adaptación me resultó demasiado académica. La dirección de Brian Percival, quien se estrena en la dirección tras su trabajo en televisión en series como Downton Abbey, es demasiado obvia y estandarizada. No innova ni pretende salirse de los cánones del denominado cine para toda la familia. Percival busca (y consigue) emocionar al espectador a base de identificarse con los personajes mientras descuida otros elementos a mi juicio relevantes como la pasión de la lectura de la protagonista o el poder de los libros para escapar de la realidad, etc. No se detiene apenas en la imposición del pensamiento único, la censura, la persecución del disidente o el riesgo de poseer un libro prohibido.Conceptos que pueden parecernos hoy día muy lejanos en la era del libro digital e internet pero que siguen estando presentes aunque de forma menos obvia. Me parece curioso que estas historias de lavado de cerebro se ambienten casi siempre en la Alemania nazi, como si otros muchos regímenes no  hubieran ejercido una similar labor de censura y control.

El film muestra el Tercer Reich desde los ojos de los niños, bendita inocencia. Muchos hechos terribles parecen mostrados de forma mucho menos trágica de lo que realmente fueron, vistos por las mentes infantiles que no entienden qué estaba pasando. Así, el film no profundiza en las miserias de la guerra y evita deliberadamente ciertos elementos escabrosos para centrarse en el lado más ñoño de la historia. Valga como ejemplo, que es la primera vez que veo fallecidos en un bombardeo sin una gota de sangre. Para entendernos, la Ladrona de libros está más cerca de El niño con el pijama de rayas que de La lista de Schindler.

 Por suerte, Percival dota al film de un acertado ritmo y la película se ve sin problemas e incluso es bastante disfrutable. Las dos horas que dura el film se me pasaron casi en un suspiro y es un film que recomendaría a cualquier espectador que busque una bonita historia. Supongo que el buen hacer de Geoffrey Rush y Emily Watson (ambos excelentes en sus opuestos pero complementarios personajes) también tuvo algo que ver. Por cierto, la joven Sophie Nélisse me gustó mucho, creo que dará que hablar en el fututo. Cuando uno es consciente del tipo del film que está viendo, sólo cabe esperar que éste esté presentado de forma correcta. Y La ladrona de libros cumple perfectamente con su cometido.

 Debo advertiros que al final del film no pude evitarlo y por mis mejillas rodaron varias lágrimas. Soy un sentimental, lo sé. Estas historias de niños, judíos y guerra me tocan la fibra sensible. En su búsqueda de emocionar al espectador ayuda la partitura de John Williams (que me pasó bastante inadvertida hasta el final que es cuando tuvo un efecto demoledor en mis lagrimales).

La ladrona de libros es un film destinado a agradar al gran público, perfectamente ambientado, fotografiado y rodado pero creo que le faltó algo de personalidad.



6



sábado, 11 de febrero de 2012

War horse (Caballo de batalla)



War horse es la nueva película de Steven Spielberg tras Las aventuras de Tintín. Ahora nos narra las aventuras y desventuras de un caballo en medio de la Primera Guerra Mundial.

 Steven Spielberg ha sido uno de los mejores directores de las últimas 4 décadas. Ya en los setenta nos dejó magníficas películas como El diablo sobre ruedas, Tiburón o Encuentros en la tercera fase. Luego en los años 80 nos emocionó con E.T. y de la mano de su amigo George Lucas nos trajo la saga de Indiana Jones. Su cine ofrecía calidad y comercialidad a partes iguales. El público acudía en masa a las salas de cine pero la crítica le era algo desvaforable.
Pero Spielberg decidió que no sólo era capaz de darnos entretenimiento de primera, quería ser capaz de emocionar al espectador. Así empezó a alternar proyectos más personales, llegaron melodramas como El color púrpura, El imperio del sol y Always.
 En los años 90 siguió ofreciendo entretenimiento con Parque Jurásico pero el ansiado reconocimiento de la crítica llegó finalmente con sus dos obras maestras : La lista de Schindler y Salvar al soldado Ryan. Spielberg  se perfilaba como un autor maduro, capaz de grandes pelícuas de evasión y de grandes dramas. Sin embargo, ya en los 90 y posteriormente Spielberg se embarcó en films fallidos como Hook, Amistad, I.A., Minority Report, La terminal o La guerra de los mundos. Films que no son malos pero no estaban a la altura de lo que se esperaba del rey Midas de Hollywood.

 El problema de Spielberg es que cada vez de forma más frecuente sus películas dan vergüenza ajena, a mí me pasa. Unos ejemplos: En La lista de Schindler Spielberg incluye un innecesario epílogo en el que los actores del film ponen piedras sobre la tumba de Oscar Schindler acompañados por los personajes reales a los que interpretan. Un innesario intento de emotividad que hace que la peli pierda bastante. En Salvar al soldado Ryan, Spielberg vuelve a incluir un epílogo que da bastante grima, el del señor mayor llorando mientras se pregunta si  ha sido digno del esfuerzo que muchos hicieron por salvarle. La escenita me pareció simplemente bochornosa. Un acceso de sentimentalismo que queda ridículo. Un ejemplo más de lo qie intento explicar, imaginaros que el final de Tiburón fuera una escena en la que los dos supervivientes  llegan  nadando a la playa y todo el pueblo sale a recibirles entre aplausos y vítores. Hubiera sido un final patético para una gran película. Así es War horse.


 En War horse Spielberg demuestra que definitivamente, ha perdido el rumbo. Cuando vimos Tintín pensamos que Spielberg seguía siendo un maestro del cine de aventuras, pero al ver War horse nos damos cuenta que Spielberg se ha vuelto más sentimental que nunca. Spielberg he hecho un film familiar que busca desesperadamente la lágrima desde el primer plano. Pero el estilo no es el adecuado.  War horse parece una mezcla de El hombre tranquilo, ¡Qué bello es vivir! y Lassie. Spielberg abusa de recursos que les quedaban bien a John Ford o a Frank Capra, pero en 2012 quedan anticuados y ridículos. Me explico, esa masa popular que se congrega para ver al protagonista pasarlas canutas y que le vitorea cuando consigue su objetivo da vergüenza ajena y ya no es creíble. Hay otras maneras mucho mejores de emocionar al espectador que apelar al instinto gregario del ser humano. Spielberg vuelve a estropear su film por ese tono pastelón y ñoño del film. No recuerdo un film tan cursi desde Sonrisas y lágrimas o Siete novias para siete hermanos.

 En su intento de emocionar, Spielberg nos presenta a unos personajes demasiado planos, sin matices. O son muy buenos o son muy malos, no hay término medio. Tampoco les dedica el tiempo suficiente. El montaje es muy acelerado, hay muchas cosas que contar  y no hay espacio para un desarrollo adecuado de los personajes. Los actores hacen un gran trabajo (menos el protagonista, Jeremy Irvine, que parece lelo), pero ya desde la escena de la subasta vemos que el rancio tono melodramático de la historia va a acabar por asfixiar todo lo demás. Por supuesto, la mano del director se nota y la peli tiene escenas de batallas muy logradas  y movimientos de cámara espectaculares pero no es suficiente.
El problema es que el film técnicamente está muy bien pero el tono infantil del film lo echa todo por tierra. Spielberg se empeña en no mostrar ni una gota de sangre ni una víscera, para ello recurre a trucos (el aspa del molino) y forzados cortes de montaje (el parto) para convertir en infantil esta historia de guerra. Como cuando en la reedición en DVD de E.T. transformó digitalmente las pistolas de los policías en sprays, una vez más su deseo de llegar al mayor número de espectadores le ha jugado una mala pasada. No sabe que los niños de ahora prefieren a Bob Espoja antes que ir al cine a llorar.


 Otro que debe buscar otro camino (o retirarse directamente, que ya tiene 80 años) es el bueno de John Williams. Este señor ya cansa. Yo he sido fan de sus composiciones pero ya no puede ser más repetitivo. Su banda sonora para War horse se parece demasiado a muchas otras de su autor y no consigue aportar ni una sola melodía que se recuerde al acabar el film. Está nominado al Oscar, como siempre, y es toda una institución, pero hay que saber retirarse a tiempo.

 Otro que no está a la altura es el director de fotografía habitual de Spielberg, el genial Janusz Kaminski, la fotografía de este film es tan maravillosa que no hay quien se la crea. El atardecer de la escena final es totalmente artificial y aberrante, de un naranja chillón calcado de Lo que el viento se llevó. Un horror. Entiendo que Spielberg vuelva la vista atrás hacia melodramas de los años 30 y 40, pero han pasado 80 años.

Pastelón indigesto, sólo recomendable para amantes de la lágrima fácil y el azúcar.