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domingo, 5 de febrero de 2012
Moneyball
Moneyball narra la historia real de Billy Beane, gerente de los Athletics de Oakland que se codeó con los grandes del baseball a pesar de contar con un presupuesto mucho más reducido. Vamos, como la gesta del Mirandés pero a la americana.
Moneyball no es otra película más sobre deporte. Lo parece en buena parte de su metraje, pero no lo es. Ya sabes, ese tipo de películas americanas que estamos cansados de ver: un equipo pequeño que intenta hacer historia. El deporte es lo de menos, ya sea fútbol americano, baloncesto, rugby o baseball. No es de extrañar que este tipo de historias de esfuerzo y superación les hayan gustado tanto desde siempre a los norteamericanos, es su más clara expresión del sueño americano: cualquiera con esfuerzo puede llegar a triunfar.
Moneyball es aparentemente una peli más de ese género de cine sobre deporte, pero tiene algo que la hace distinta: posee unas formas y un mensaje muy distinto a lo que estamos acostumbrados a ver.
Primeramente sorprende que apenas haya escenas de partidos en los dos primeros tercios del film. La peli va desgranando los entresijos del deporte mientras nos vamos dando cuenta de que no hemos visto realmente ningún partido (el personaje de Brad Pitt tampoco ve los partidos). Se habla de presupuestos, de las políticas de fichajes, de estadísticas, de contratos, de cesión de jugadores, etc... pero no muestra el juego en sí.
Luego llama la atención el peculiar trato de los personajes. En este tipo de pelis siempre hay un buen montón de secundarios (más o menos graciosos) que acaban por caernos bien y nos identificamos con ellos. Nada de eso pasa aquí. Ni siquiera Jonah Hill, está especialmente simpático ni gracioso, su personaje es realmente soso y anodino. Tampoco llegamos a conocer a casi ninguno de los jugadores, apenas se les dedica tiempo y apenas conseguimos asociar el nombre de unos pocos. Es curioso que los jugadores más nombrados son aquellos que ya no están en el equipo y son constantemente añorados mientras se intenta reemplazarlos.
Tampoco hay las bochornosas escenas del equipo haciendo piña o de superación de viejas rencillas entre personajes. Nada de nada. El mal rollo existente entre el gerente y el seleccionador no se resuelve de ninguna manera, no hay escena de conciliación y se huye de la lágrima fácil. Incluso los despidos de jugadores se resuelven sin apenas dejar hueco para la emotividad.
Realmente, el guión de Aaron Sorkin y Steven Zailian para Moneyball tiene bastante que ver con La red social (también de Aaron Sorkin), ambos son films que aparentemente hablan de algo bastante superficial pero pueden dar lugar a lecturas mucho más complejas. Si la red social nos hablaba de la soledad y la imposibilidad de comunicarse en la sociedad actual, Moneyball trata del compromiso con nosotros mismos y del sentido de la lucha de David contra Goliat.
Especial mención merece el personaje de Brad Pitt, un Billy Beane que conocido el sabor de la derrota demasiadas veces y que desea ganar de una puñetera vez. Su interpretación es totalmente creíble, una de las mejores de su carrera. También resulta creíble Jonah Hill en su cambio de registro, de adolescente salidorro a genio matemático hay un trecho. También aparecen Philip Seymour Hoffman y Robin Wright, ambos están tan bien como viene siendo habitual en ellos.
La dirección de Bennett Miller (Capote) es correcta (sin más) pero el resultado es un tanto frío. Moneyball no llega a emocionar al espectador, supongo que es totalmente premeditado.
Los que busquen un film más sobre deporte es posible que salgan decepcionados, los que busquen una comedia o una peli de Brad Pitt también se sentirán defraudados. Los que no busquen nada más allá de ver un buen film, saldrán bastante satisfechos.
¿Cómo se podría definir la filosofía de esta peli en una frase? El dinero no puede comprarlo todo, te lo dice Brad Pitt (que produce esta peli ya que gana 12 millones de dólares por película).
¿Cómo la resumiría yo? Pase lo que pase, gane tu equipo o pierda, el lunes a currar.
6
P.d.: No me gusta ver deporte televisado, me aburre soberanamente, pero algunas películas sobre deporte son especialmente interesantes. Ahora me viene a la mente esa ácida y vertiginosa crítica al podrido mundo del deporte que hizo Oliver Stone llamada Un domingo cualquiera. En su día me pareció exagerada pero el tiempo le ha dado la razón.
También me viene a la memoria The damned United, el film de Tom Hooper (El discurso del rey) sobre la historia real de un controvertido entrenador de fútbol inglés. También Ken Loach dejó hace poco un gran alegato futbolístico con Looking for Eric. Me gustó mucho a pesar de no haber visto ningún partido de fútbol desde el España-Alemania del mundial de 1982.
miércoles, 20 de mayo de 2009
La sombra del poder (State of play)

La muerte en extrañas circunstancias de la ayudante de un congresista está a punto de desencadenar toda una tormenta política y mediática.
Basada en una miniserie televisiva, La sombra del poder es un digno ejercicio de thriller periodístico. La película se inicia con un incidente poco claro que podría ser objeto de la prensa más sensacionalista o del cotilleo, pero a partir de ahí la cosa se va configurando como una gran conspiración en la que están en juego muchos millones de dólares. La trama se va haciendo cada vez más turbia mientras el espectador queda atrapado en la enmarañada red de los acontecimientos.
Basada en una miniserie televisiva, La sombra del poder es un digno ejercicio de thriller periodístico. La película se inicia con un incidente poco claro que podría ser objeto de la prensa más sensacionalista o del cotilleo, pero a partir de ahí la cosa se va configurando como una gran conspiración en la que están en juego muchos millones de dólares. La trama se va haciendo cada vez más turbia mientras el espectador queda atrapado en la enmarañada red de los acontecimientos.
El guión juega hábilmente con los entresijos del poder, la clase política, la influencia de los lobbies (grupos de presión), la corrupción y los intereses editoriales. Todo un entramado que sólo unos pocos quieren descubrir. 
La objetividad periodística es casi una ilusión. Ya se sabe: todo depende del color del cristal con el que se mira. Un mismo hecho se puede narrar desde muchas (e interesadas) perspectivas: la ética y las ventas suelen ir reñidas.

La objetividad periodística es casi una ilusión. Ya se sabe: todo depende del color del cristal con el que se mira. Un mismo hecho se puede narrar desde muchas (e interesadas) perspectivas: la ética y las ventas suelen ir reñidas.
No sólo la ética se interpondrá en el camino de los protagonistas en busca de la verdad, la obsesión por los beneficios de los medios escritos y la competencia de internet son elementos que lo trastocarán todo.
A un guión interesante y bien llevado hay que unir la interpretación de Russell Crowe, un tipo que podría haberse dedicado a vivir de rentas tras lograr el Oscar (como hace Nicholas Cage) pero que se arriesga con papeles como éste. Su personaje de veterano periodista bastante desaliñado lo aleja a años luz de su imagen en Gladiator. Crowe no teme engordar bastantes quilos ni salir con unas greñas bastante poco favorecedoras. Así es como logra convencernos de su personaje y sus conflictos internos: ¿Es lícito usar los medios de comunicación para lavar la imagen de un antiguo amigo? ¿Hasta donde se puede llegar para reparar una traición?

El resto del reparto está también muy bien, hasta Ben Affleck está correcto en su ambiguo papel de congresista. También me sorprendió gratamente Rachel McAdams, quien demuestra que es algo más que una chica mona. También me sorprendió Jason Bateman (Juno, Hancock) su repulsivo papel me gustó mucho. De Helen Mirren y Robin Wright Penn poco más se puede decir, son dos grandes actrices y cumplen sobradamente.
El escocés Kevin Macdonald (El último rey de Escocia, Tocando el vacío) sabe llevar este thriller periodístico de forma eficiente. El montaje es excelente y logra atrapar al espectador desde el inicio y no soltarlo en ningún momento.
Para los que crecimos con la mítica serie Lou Grant o disfrutamos con Todos los hombres del presidente disfrutaremos con los típicos elementos de este género: roces con la policía, las broncas del director, problemas con la ética, los informadores, celos profesionales, retraso en las ediciones, etc.
En resumen, un sentido homenaje a la profesión periodística y un thriller más que recomendable.
7,5
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